Yehoshúa y la Conquista de la
Tierra Prometida
Y fue después de la muerte de Moshé, el sirviente de
Dios, que Dios le dijo a Yehoshúa, el hijo de Nun, el asistente de Moshé: “Moshé, mi sirviente, ha muerto,
ahora levántate y cruza el rio Jordán. Tú y toda esta nación entrarán en la
tierra que les di a los hijos de Israel. Cada lugar que pises te lo daré, como
le dije a Moshé. Ningún hombre se levantará contra ti, todos los días de tu
vida. Así fue con Moshé, así será contigo. No te soltaré ni te abandonaré. Sólo
sé fuerte y muy valiente para observar y actuar de acuerdo con la Torá que
Moshé, mi sirviente, te ha ordenado. Por ello, no te desvíes ni a la derecha ni
a la izquierda para que seas exitoso dondequiera que vayas”.
Yehoshúa es
uno de los grandes líderes de la historia judía. El Talmud dice: “La cara de
Moshé era como la cara del sol, mientras que la cara de Yehoshúa era como la
cara de la luna” (1). Esto es entendido como que la grandeza de Yehoshúa
era un reflejo de su maestro, Moshé, lo cual es un inmenso cumplido. Pero esto
también nos dice que así como el sol es mucho más grande que la luna, la cual
sólo refleja la luz de éste, así también, si Moshé hubiese vivido para entrar
en la Tierra de Israel, toda la historia judía y de la humanidad hubieran sido
diferentes.
Después de
la muerte de Moshé, Yehoshúa condujo al pueblo de Israel por 28 años (2). El
Libro de Yehoshúa describe los siete años de conquista y los siete años de
asentamiento en la Tierra de Israel. Después de que la tierra fue conquistada,
ésta fue dividida en porciones separadas para cada tribu mediante una lotería
guiada divinamente. El Libro de Yehoshúa también describe los límites Bíblicos
de la Tierra de Israel.
En ese
entonces la llamada Tierra Prometida estaba delimitada por el imperio egipcio
al sur y por el de Mesopotamia al norte. Pero no estaba gobernada por ninguno
de ellos. De hecho, no había ningún poder reinando en esta porción de tierra,
sino que estaba poblada por siete tribus canaanitas que residían en 31
ciudades-estado fortificadas, las que estaban diseminadas por todo el mapa y
eran cada una gobernada por su propio “rey”.
(Jericó era
una de esas ciudades-estado, así como Ai y Jerusalem, y los miembros de las
tribus canaanitas que las habitaban eran llamados jebuseos).
Antes de
entrar a la tierra, el pueblo judío envió una delegación a los canaanitas con
el mensaje: “Dios, el Creador del universo, ha prometido esta tierra a nuestro
antepasados. Estamos aquí ahora para reclamar nuestra herencia, y les pedimos
que se vayan en paz”.
No es
necesario decir que la mayoría de los canaanitas no se fue (y que sólo una
tribu tomó la oferta y se fue).
Mientras
tanto, Yehoshúa tenía instrucciones claras de Dios de que si los canaanitas no
se iban, los judíos los debían erradicar, porque si se quedaban en la tierra,
los corromperían. Esto denota que los canaanitas eran extremadamente inmorales
e idólatras, y los judíos no podían convivir con ellos como sus vecinos.
Esto es como
decir hoy que vivir en un vecindario malo arruina a tus hijos. Siempre hay que
cuidarse de las influencias externas.
Entonces,
¿qué ocurrió?
La Batalla de Jericó
El pueblo
entró en la tierra y peleó una serie de batallas. La primera fue la batalla de
Jericó, la entrada al corazón de Canaan.
Algunos
arqueólogos han sugerido que la fácil conquista de esta ciudad fuertemente
fortificada fue posible por un oportuno terremoto. Pero ¿no es asombroso que
precisamente cuando el pueblo judío necesitaba que la ciudad cayera haya
ocurrido un terremoto? No importa cómo lo expliques, sigue siendo milagroso.
El agua del
Jordán milagrosamente dejó de fluir, y cruzaron sobre tierra seca; luego, el
río se volvió a llenar con agua. Después marcharon hacia los muros de la ciudad,
los cuales se desmoronaron ante sus ojos. Conquistaron la cuidad sin tomar
botín, como les había ordenado Dios.
A esta
altura probablemente ya está claro que ésta no fue la típica guerra de
conquista que leemos en la historia humana, de lucha sangrienta o saqueo y
ultraje. Dios ha dicho: “No hagan nada de eso. Y si siguen Mis instrucciones,
todo andará bien”.
Todos Para Uno y Uno Para Todos
Los judíos
continuaron hacia la siguiente ciudad-estado, un lugar llamado Ai.
Pero allí
las cosas no fueron tan fáciles. De hecho, se encontraron con una terrible
derrota en la que murieron muchos judíos. Traumatizados por la experiencia,
suplicaron a Dios para saber por qué los había abandonado, y rápidamente
supieron la verdad – un hombre, llamado Aján, había robado algunos objetos en
Jericó.
¡Una persona entre 3 millones no
escuchó a Dios y todos sufrieron!
¡Una persona
entre 3 millones no escuchó a Dios y todos sufrieron!
El hecho
fascinante aquí es que la Biblia parece estar diciendo que la obediencia de los
mandamientos de Dios es vital, y que, en lo que concierne a los judíos, es
todos para uno y uno para todos.
Como
consecuencia de esta lección, el judaísmo nos enseña que existen tanto la
responsabilidad colectiva como la responsabilidad individual – nadie está aislado,
cada uno existe como parte de un todo y es responsable por las acciones de los
otros y por las propias. Al igual que en la historia del becerro de oro, todo
judío es aval de su prójimo.
En el mundo
de hoy el lema parece ser “¡No te entrometas!”, o “No es mi problema”. Si nos
comportáramos como ellos lo hacían, la mayoría de los problemas del mundo
desaparecerían.
La Vida en la Tierra
A pesar de
que hubo muchas dificultades en el camino, los israelitas finalmente lograron
reclamar la tierra prometida, pero su vida estaba lejos de ser calma,
particularmente después de la muerte de Yehoshúa. La Biblia relata que ellos
sólo se podían culpar a sí mismos:
“Y los hijos de Israel pecaron frente a Dios… y el
enojo de Dios fue encendido en contra de Israel y Él los entregó en las manos
de predadores… y los entregó en manos de sus enemigos” (Jueces 2:8-14).
Con una
lectura simple del texto uno podría asumir que todo el pueblo judío abandonó la
Torá y comenzó a adorar ídolos. Pero esto, en realidad, no es correcto. Como
ocurrió en el incidente del becerro de oro, sólo un pequeño porcentaje de las
personas pecó, pese a lo cual la nación entera fue declarada responsable.
Como hemos
mencionado previamente, la naturaleza altamente autocrítica de esta parte del
texto es parte de las razones que hacen de la Biblia un documento único – es el
libro sagrado de un pueblo, pero que también relata la historia pecaminosa de
su gente. Este enfoque exagerado en los errores – la autocrítica en el texto –
da un énfasis extra a las lecciones que el pueblo judío debe aprender de sus
faltas.
No hay duda
de que la crítica hacia los judíos en la Biblia es altísima, pero hay dos
razones por las que una mínima ofensa hecha por un pequeño grupo de personas
fue condenada tan duramente:
- Como notamos arriba, cada judío es responsable por su prójimo, y lo que uno hace repercute en todos.
- Como se puede observar en la historia moral del mundo, apenas una cosa es tolerada, ésta se convierte en aguantable y luego se termina volviendo un comportamiento común.
Por lo
tanto, aquí Dios está explicándole a los judíos un punto importante: están en
un nivel espiritual muy elevado. Si toleran incluso pequeñas indiscreciones de
unos pocos, eventualmente esos pocos van a corromper a la nación.
Y de hecho,
eventualmente eso fue lo que ocurrió; pero antes de que pasase, los judíos
disfrutaron de un periodo de “luna de miel” en la tierra de Israel, conocido
como el período de los Jueces.

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