El Segundo Templo
El Templo Sagrado fue reconstruido, pero no era lo
mismo sin el Arca del Pacto.
La
reconstrucción del Templo, que comenzó con Ciro cuando los persas conquistaron
el imperio babilónico y luego fue interrumpida durante 18 años, continuó con la
bendición de Darío II, el rey persa que según la tradición era hijo de Ester.
El trabajo
fue completado en el año 350 AEC y el Templo fue nuevamente inaugurado. Pero no
era lo mismo.
La intensa
espiritualidad del Primer Templo no podía ser comparada con la del Segundo. Los
milagros abiertos constantes se habían acabado y la profecía desaparecería
durante los primeros años del Segundo Templo. El Arca del Pacto ya no estaba y,
pese a que había un Kodesh Kodashim (Santo Sanctorum), éste estaba
vacío.
El Arca
—aquel cofre de madera de acacia bañado en oro que había contenido las tablas
de los Diez Mandamientos— era el lugar en el cual la Shejiná, la
Presencia de Dios, descendía del cielo entre las alas extendidas de los dos
querubines de oro. ¿Qué fue lo que paso con ella? El Talmud presenta dos
opiniones (1). Una opinión dice que los babilonios la tomaron, y la otra dice
que fue escondida por el rey Ioshiahu, quien había anticipado la inminente
invasión y destrucción de Jerusalem.
Hay una
historia muy conocida en el Talmud que trata sobre un cohen, un
sacerdote, que encontró una piedra suelta en el Monte del Templo y se dio
cuenta que allí es donde el Arca estaba escondida. Pero cuando iba camino a
decirle a otros, el cohen murió (2). El punto de la historia es que el
Arca no debía ser encontrada. No todavía.
Ezra y Nejemia
Los judíos
que reconstruyeron el Templo en Jerusalem se enfrentaron a muchos desafíos y
dificultades. Un fuerte liderazgo era esencial tanto para poder reconstruir el
Templo como para restablecer una comunidad fuerte.
Dos
individuos jugaron un rol crítico en el restablecimiento de la comunidad judía
en Israel. Uno de ellos fue Ezra.
Escriba,
erudito y líder de la comunidad judía de Persia, Ezra, quien era cohen,
escuchó que la comunidad judía en Tierra Santa estaba teniendo dificultades sin
rey ni profeta. Entonces, tomó con él a 1496 hombres selectos que tuviesen
capacidad de liderazgo y fue al rescate.
Ezra era tan
versado en el Talmud que sobre él está escrito que “la Torá podría haber sido
entregada a Israel por medio de Ezra, si no fuera porque Moshé lo precedió”
(Sanedrín 21b).
Ezra se hizo
merecedor de esta elevada alabanza por la reconstrucción espiritual del pueblo
judío y por sus esfuerzos para reinstaurar la ley de la Torá en la tierra de
Israel.
Entre sus
reformas más dramáticas estuvo su guerra en contra de la asimilación y el
matrimonio mixto.
De hecho, el
Libro de Ezra condena a todos los hombres de Israel que se habían casado con
mujeres no judías, y da los nombres de cada uno de ellos: eran 112 en total (Ezra
10:18-44).
Probablemente
te preguntarás: ¿cuál es el problema? Después de todo, sólo 112 se fueron del
camino. Hoy en día, millones de judíos se casan con personas de otras
religiones, y en muchos lugares la tasa de matrimonios mixtos es superior al
50%. Pero la diferencia es que hace 2.500 años, el hecho que incluso un sólo
judío se casara fuera de su religión era una atrocidad. Hoy en día la sociedad
lo acepta como algo normal; las llamadas congregaciones
"progresistas" están incluso buscando rabinos que oficien bodas
mixtas, para darle legitimidad a algo que la Torá condena en repetidas
ocasiones y que podría causar la muerte del pueblo judío.
Gracias a
los esfuerzos de Ezra, esos matrimonios mixtos fueron disueltos. Todo el pueblo
se reunió en Jerusalem —hombres y mujeres de todo el país— y la Torá fue leída
en voz alta. Al final, todos los presentes se comprometieron a no casarse con
personas de otras religiones, a respetar la Torá y a fortalecerse
espiritualmente (3).
La otra
personalidad importante de esa época fue Nejemia, el líder de la comunidad
judía de Babilonia y oficial del Emperador Darío II. Si bien Ezra había
conseguido fortalecer espiritualmente a quienes habían vuelto, Jerusalem aún
carecía de murallas y estaba desprotegida. Trece años después de la llegada de
Ezra llegó Nejemia, habiendo sido designado gobernador por Darío. Después de
inspeccionar Jerusalem, Nejemia anunció: "Vengan, construyamos las paredes
de Jerusalem para que ya no seamos un objeto de burla" (Nejemia 2:17). A
pesar de los esfuerzos de los pueblos circundantes para impedir su
construcción, la muralla logró ser completada. Espiritual y físicamente
fortificada, Jerusalem prosperaría y su población se expandiría.
Vacío espiritual
A pesar de
los esfuerzos de Ezra (y de otros líderes) el Templo era, en el plano
espiritual, una sombra de lo que solía ser en el pasado.
Quienes
volvieron de Babilonia no estaban en condiciones de construir el Templo con
tanto esplendor como lo había hecho el Rey Shlomó. Eventualmente (cerca del año
30 AEC), éste sería reconstruido nuevamente por Herodes el Grande y se
convertiría en una estructura espectacular, pero a pesar de que llegaría a ser
hermoso estéticamente, espiritualmente estaría vacío en comparación al Primer
Templo. Y aunque había Sumos Sacerdotes, esta institución terminaría
corrompiéndose.
De acuerdo
al Talmud, durante el período del Primer Templo —unos 410 años— sólo hubo 18
Sumos Sacerdotes, mientras que durante el período del Segundo Templo —que duró
420 años— ¡hubo más de 300 Sumos Sacerdotes! Sabemos (del Talmud, Yomá 9a) que
Iojanán fue Sumo Sacerdote durante 80 años, Shimón lo fue durante 40 años e
Ishmael ben Pabi lo fue durante 10 años. Eso significa que en los 290 años
restantes hubo al menos 300 Sumos Sacerdotes, es decir, alrededor de uno por
año. ¿A qué se debió esto?
El Talmud
nos dice que la entrada al Kodesh Kodashim estaba prohibida excepto en
Iom Kipur. Sólo en ese día el Sumo Sacerdote entraba para realizar un rito
especial ante Dios, pero si él no era espiritualmente puro y no lograba
concentrarse, no podía tolerar el intenso encuentro con Dios y moría en el
instante. Sabemos que durante el período del Segundo Templo ataban una soga
alrededor del Sumo Sacerdote para que, en caso de que muriera, pudieran sacarlo
del Kodesh Kodashim.
Dado que el
puesto de Sumo Sacerdote fue una posición corrupta durante la mayoría del
período del Segundo Templo, los Sumos Sacerdotes morían o eran reemplazados
cada año (4). Y pese a esto, la gente quería el puesto, el cual era asignado a
quien ofrecía más dinero por él. Cabe preguntarse entonces: Si moriría en Iom
Kipur, ¿quién querría el trabajo? Una posible respuesta es que muchos de los
candidatos creían firmemente que su forma incorrecta de servir en el Templo
era, en realidad, la forma correcta de hacerlo (5). Así de mal estaban las
cosas.
Fin de la profecía
¿Por qué
estaban tan mal las cosas?
En gran
parte porque la profecía había desaparecido y no había una fuerte autoridad
central.
Mientras
hubo profetas y un fuerte liderazgo, la herejía era escasa. Un profeta podía
hablar con Dios y enderezar al hereje inmediatamente. Nadie podía negar las
doctrinas básicas del judaísmo frente a la profecía y a los milagros abiertos.
En el período de los Jueces y del Primer Templo, una persona siempre tuvo la
posibilidad hacer uso de su libre albedrío y decidir rechazar el judaísmo,
adorar ídolos e incluso utilizar la impura espiritualidad de la idolatría para
hacer magia y adivinación, pero la presencia de los profetas y de un fuerte
liderazgo hizo prácticamente imposible socavar la filosofía y las prácticas del
judaísmo.
Pero cuando
la profecía desapareció y la autoridad central se debilitó, la gente se
descarrió y muchas instituciones sagradas (como el Sumo Sacerdocio) se
corrompieron.
La profecía
desapareció porque el pueblo judío había dañado su relación con Dios. Eran
espiritualmente más débiles y no podían realizar el mismo intenso trabajo
espiritual que se requería para alcanzar la profecía (6). Para ser un profeta
debes perfeccionarte espiritualmente, debes tener un autocontrol absoluto. Es
la máxima expresión judía de ser un ‘gran hombre’. Nuestros sabios dicen:
“¿Quién es un gran hombre? Quien conquista su inclinación negativa (quien se
controla a sí mismo)” (Ética de Nuestros Padres 4:1).
La profecía,
de acuerdo al entendimiento judío, no es sólo la habilidad de predecir el
futuro. Es un estado de trascendencia del mundo físico; significa que el
profeta ha entrado a un plano tan elevado de entendimiento que puede
comunicarse con lo Infinito y acceder a información inaccesible para las
personas normales.
Moshé fue el
profeta más grandioso y alcanzó el nivel más alto de profecía humanamente
hablando. Pero hubo muchos otros —cientos de miles, de acuerdo al Talmud— que
alcanzaron niveles menores de profecía. En la historia de Shaul vemos cómo el
pueblo judío se aconsejaba con los profetas respecto a todos los temas,
incluyendo objetos perdidos. Pero ese fenómeno desapareció durante los primeros
años del Segundo Templo. “Después de la muerte de los últimos profetas, Hagai,
Zacarías y Malají, el espíritu profético desapareció del pueblo judío...” (Yomá
9b) (7).
Si alguien
está interesado en saber cómo convertirse en un profeta, hay un libro de
instrucciones a disposición, La senda de los justos, y fue escrito en el
siglo 18 EC por el grandioso cabalista Rav Moshé Jaim Luzzatto, conocido
también como el Ramjal. Es un manual de instrucciones para llegar al control
absoluto de uno mismo física, emocional y espiritualmente, de forma tal de poder
trascender este mundo y convertirse en un profeta. En su libro El camino de
Dios, Rav Luzzatto define con claridad el concepto de profecía:
La profecía verdadera consiste en que el hombre
obtenga un apego y conexión con Dios en vida, y esto es un alto grado de
perfección. No obstante, esto viene acompañado de cierto conocimiento y
discernimiento. A través de la profecía uno puede obtener un conocimiento
verdadero de muchos conceptos muy elevados de los secretos ocultos de Dios, los
cuales pueden ser percibidos claramente… Parte de la carrera de un profeta
puede incluir ser enviado por Dios a una misión (8).
Pero incluso
si aprendes ese libro a la perfección seguirás sin ser un profeta. ¿Por qué?
Porque la profecía sólo es posible si el resto del pueblo judío también está
elevado espiritualmente.
Como
individuo puedes alcanzar un nivel extremadamente alto, pero hay un límite.
Para llegar a la cima y atravesar el umbral, debes “pararte sobre los hombros”
del pueblo judío; tiene que haber un nivel mínimo de espiritualidad en toda la
nación sobre el cual puedas apoyarte para alcanzar el nivel de profecía. Si la
nación cae por debajo de ese nivel, de ese umbral, no importa cuánto te pares
sobre la punta de tus pies y te estires, no lo lograrás. Y veremos que, durante
el período del Segundo Templo, el pueblo judío cayó por debajo de un cierto
nivel de espiritualidad y esto no pudo revertirse durante aquella época.
Como vimos
en la historia de Purim, en la época del Segundo Templo la presencia de Dios
estaba oculta, al igual que el Arca del Testimonio y la profecía.
El Talmud
dice que había individuos en ese tiempo que, de haber vivido antes, habrían
sido profetas. “Hay uno entre ustedes que merece que la Shejiná
(Presencia Divina) repose sobre él como lo hizo sobre Moshé, pero esta
generación no lo merece” (Sanedrín 11a). La puerta de la profecía se cerró
frente a las narices del pueblo judío, y sabemos que no volverá a abrirse sino
hasta la época mesiánica.
Luego de la
destrucción del Primer Templo, cuando fue evidente que el pueblo judío estaba
debilitándose espiritualmente, un grupo de líderes sabios se reunió
—expandiendo el Sanedrín, la Corte Suprema Judía, de 70 a 120 miembros— con el
objetivo especial de preservar y fortalecer el judaísmo en la diáspora y después
de ella. Ellos fueron los Hombres de la Gran Asamblea.
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