El imperio griego
Para los griegos, lo que era hermoso era sagrado; para los
judíos, lo que era sagrado era hermoso. Estas perspectivas estaban destinadas a
colisionar.
El siglo 4 AEC estuvo lleno de acontecimientos para el
pueblo judío:
Al estar exiliados
en Babilonia, fueron testigos con sus propios ojos de cómo la invasión persa
causó la caída del poderoso imperio babilónico.
El emperador persa
Ciro les permitió volver a la tierra de Israel en el año 370 AEC; los judíos
aceptaron la oferta de mala gana y sólo 42.000 de ellos volvieron.
Los intentos de
quienes habían regresado a reconstruir el Templo en Jerusalem fueron abortados
tempranamente cuando sus encolerizados vecinos, los no tan buenos samaritanos,
se quejaron ante el emperador.
En Persia, Hamán,
el ministro principal del Rey Ajashverosh, tramó un plan para aniquilar a los
judíos. La Reina Ester (que era secretamente judía) acudió al rescate en el año
355 AEC.
El siguiente
monarca persa, Darío II, quien era hijo de Ester, permitió la reconstrucción
del Templo en el año 347 AEC.
La parte del
pueblo judío que vivía en la tierra de Israel se vio robustecida
espiritualmente gracias al liderazgo de Ezra y de los Hombres de la Gran
Asamblea.
En el año 312 AEC, Shimón HaTzadik, el último de los Hombres
de la Gran Asamblea, era el Sumo Sacerdote. Pero del otro lado del Mediterráneo
se asomaba una nueva amenaza; su nombre era Grecia.
El ascenso del imperio griego
Los orígenes de Grecia están envueltos en misterio y datan
del tiempo de Abraham, en el siglo 18 AEC, y quizás incluso desde antes. Los
historiadores discuten sobre cuál es el origen de los griegos; puede que haya
sido un pueblo que migró desde Asia hacia Europa y que se asentó en las Islas
griegas, o quizás fue un pueblo marino que se asentó sobre la costa.
En cualquier caso, los primeros habitantes de Grecia
(llamados micénicos a causa de una serie de excavaciones que fueron realizadas
en un lugar llamado Micenas) desarrollaron una cultura avanzada. Alrededor del
año 1100 AEC, unos bárbaros llamados dóricos invadieron a los micénicos y toda
la civilización desapareció; Grecia entró en una "Era Oscura", de la
cual reemergió cientos de años después.
El período griego clásico comenzó en el siglo VII AEC,
aunque por lo general estamos más familiarizados con su historia desde el siglo
V, época en la cual Grecia estaba formada por un grupo de ciudades-estado que
estaban constantemente en guerra, de las cuales las más famosas son Atenas y
Esparta. La victoria griega en Maratón (490 AEC) (1), la destrucción de la
flota persa en Salamis (480 AEC) y la victoria en Plataea (479 AEC) hicieron
que los intentos del Imperio Persa por conquistar Grecia llegaran a su fin.
Durante las últimas tres décadas del siglo V, Atenas y Esparta emprendieron una
guerra devastadora (la Guerra de Peloponeso en 431-404 AEC), la cual culminó
con la rendición de Atenas. En el siglo IV Grecia continuó teniendo guerras
internas, pero más tarde en el mismo siglo, todo Grecia sucumbió ante Felipe II
de Macedonia, quien pavimentó el camino para que su hijo, Alejandro Magno,
esparciera la civilización griega por todo el mundo.
El final del siglo V y todo el siglo IV estuvieron llenos de
eventos tanto para los griegos como para los judíos. A pesar de las constantes
guerras, también hubo una época dorada para la cultura griega clásica: el
nacimiento de la democracia, la era de Aristóteles, Sócrates y Platón.
Inhumanidad griega
Dado que las contribuciones griegas a la civilización fueron
admirables —su política, su filosofía, su arte y su arquitectura—, es fácil
olvidar cómo era realmente la sociedad griega.
Por ejemplo, todos hemos oído sobre el “estilo de vida
espartano”, ¿pero qué significaba eso en la práctica? Bueno, para comenzar los
niños espartanos eran separados de sus padres a la edad de siete años; vivían
en cuarteles militares, donde eran golpeados y no se les daba comida alguna,
para alentarlos de esta manera a robar. Ser espartano significaba ser rudo.
Si bien los atenienses no eran tan rudos como los
espartanos, tampoco eran tan “suaves”. Por ejemplo, matar bebés (una práctica
común en todas las civilizaciones antiguas, incluyendo a las “elevadas”) era
perfectamente aceptable. Aristóteles —uno de los pensadores más influyentes en
la historia intelectual de occidente— expresa en su obra “Política” (7.16) que
matar niños es esencial para el funcionamiento de la sociedad. Escribió:
"Debe haber una ley para que ningún niño imperfecto o
lisiado pueda ser criado. Y para evitar un exceso en la población, algunos
niños deben ser abandonados [por ejemplo, deben ser arrojados a la basura o
dejados en los bosques para que mueran]. Esto debe ser así, ya que debe
limitarse la población del estado".
Nota el tono de su declaración. Aristóteles no está
diciendo: “Me gusta matar bebés”; está haciendo un cálculo frío y racional: la
sobrepoblación es peligrosa y éste es el método más conveniente para mantenerla
controlada.
Respecto a técnicas de guerra, los griegos inventaron la
“batalla campal”, en la cual miles de soldados a pie colisionaban con el
enemigo, matando (y siendo matados) a medida que avanzaban. (Los 40 kilos de
armadura y armas que cargaba el hoplita —hombre de infantería— griego promedio
hacían que fuera necesaria una batalla campal, ya que después de entre 30 y 45
minutos todos los soldados estaban exhaustos). Pese a que hoy en día tendemos a
creer que los griegos eran cultos y nobles, es sorprendente darse cuenta cuán
brutal era su civilización (al igual que todas las civilizaciones antiguas)
(2).
La otra gran innovación griega fue la falange. En lugar del indisciplinado
combate normal de “sálvese quien pueda” que predominaba en las guerras
antiguas, los griegos luchaban en disciplinadas líneas de batalla; la
infantería avanzaba con escudos y con lanzas apuntando hacia adelante. Una
falange bien disciplinada creaba una formidable pared de escudos y lanzas que
era utilizada con una eficiencia mortal (3).
Pero el que llevó las conquistas griegas a alcanzar nuevas
alturas fue, obviamente, Alejandro Magno.
Alejandro Magno
Alejandro Magno nació en el año 356 AEC, y fue el hijo de
Felipe II (382-336 AEC), Rey de Macedonia en la parte norte de Grecia
(considerado un bárbaro por las ciudades-estado del sur de Grecia). Felipe II
creó un ejército poderoso y profesional, el cual unió por la fuerza a las
distintas ciudades-estado en un solo imperio. Alejandro demostró un inmenso
talento militar desde una edad temprana, y fue designado comandante en el
ejército de su padre a la edad de dieciocho años. Habiendo conquistado todo
Grecia, Felipe II estaba a punto de embarcarse en una campaña para conquistar a
su enemigo acérrimo: el Imperio Persa. Pero, sin embargo, fue asesinado
—posiblemente por Alejandro Magno— antes de que pudiera invadir Persia.
Alejandro Magno se convirtió en rey en el año 336 AEC, y dos años después, en
el año 334 AEC, cruzó el Helesponto (hoy en día Turquía) con 45.000 hombres e
invadió al Imperio Persa.
La columna vertebral del ejército macedonio de Alejandro
Magno era su infantería, cuyos hombres llevaban lanzas extremadamente largas
(puede que hayan tenido hasta tres metros de longitud). Estos infantes se
movían en cuadrados gigantes llamados 'falanges', que consistían de escudos
trabados entre sí con 16 hombres de ancho y 16 hileras de profundidad, de las
cuales las primeras cinco tenían sus armas apuntadas hacia adelante, como un
muro letal de puntas de lanza.
En tres batallas colosales —Granicus, Isus y Gaugamela—, que
tuvieron lugar entre los años 334 y 331, Alejandro Magno llevó a su ejército
brillantemente (y a menudo temerariamente) a la victoria frente a ejércitos
persas, los cuales probablemente superaban numéricamente a su ejército en una
proporción de hasta diez a uno. Sus tácticas principales fueron siempre estar a
la ofensiva y hacer lo inesperado. En el campo de batalla, él llevaba su
caballería directamente hacia el punto más fuerte (en lugar de hacia el más
débil) de la línea del enemigo. Por ejemplo, cuando luchó contra los persas,
fue hacia el punto más protegido de la fuerza persa —el cual rodeaba al
emperador— buscando destruir el liderazgo. Cuando Darío, el emperador persa,
huyó de la batalla, el ejército persa colapsó. Para el año 331 AEC, Alejandro
Magno ya había derrotado al Imperio Persa, el emperador Darío se encontraba
muerto, y él era el gobernante indiscutido del Mediterráneo. Su campaña militar
duró 12 años y lo llevó, junto a su ejército, a 16.000 kilómetros de distancia,
hasta el Río Indo en India. Sólo la fatiga de sus hombres y su prematura muerte
en el año 323 AEC, a la edad de 32 años, pudieron terminar con la conquista
griega del mundo conocido. Se dice que Alejandro Magno lloraba cuando miraba su
imperio, ya que no le quedaba nada más por conquistar.
En su momento de mayor extensión, el imperio de Alejandro
Magno iba desde Egipto hasta India. Construyó seis ciudades griegas que fueron
llamadas Alejandría (hoy en día, la más conocida es la ciudad de Alejandría en
Egipto, en el delta del Nilo). Esas ciudades —y los griegos que se asentaron en
ellas— llevaron la cultura griega al núcleo de las civilizaciones más antiguas
de Mesopotamia.
Helenismo
Los griegos no sólo eran imperialistas en el aspecto
militar, sino que también lo eran en el sentido cultural. Los soldados y los
colonos griegos llevaron su estilo de vida —su lenguaje, arte, arquitectura,
literatura y filosofía— al Medio Oriente. Cuando la cultura griega se combinó
con la del Medio Oriente, creó un nuevo helenismo híbrido (Hellas es la palabra
griega para Grecia) cuyo impacto sería mucho mayor y duradero que el breve período
del imperio de Alejandro. Ya sea por la idea de la batalla campal, por el arte,
la arquitectura o la filosofía, la influencia helenista en el Imperio Romano,
el Cristianismo y Occidente fue monumental.
Los griegos exhibieron todos los talentos humanos:
literatura, drama, poesía, música, arquitectura, escultura, etc. Glorificaban
la belleza del cuerpo humano y exponían las proezas atléticas en las
Olimpíadas. Ninguna parte del cuerpo humano era considerada vergonzosa o
privada, no había necesidad de cubrirlas.
(Las competencias atléticas al desnudo eran la norma en
Grecia. Nuestra palabra moderna "gimnasio" deriva de la palabra
griega "gumnos", que significa desnudo. Los baños públicos eran por
lo general una banca con agujeros ubicada en la calle; la gente se sentaba allí
y hacía sus necesidades mientras los otros pasaban a su lado).
Obviamente las pasiones humanas eran veneradas, lo cual
generó que hubiera muy pocos tabúes sexuales, ni siquiera la pedofilia o la
pederastia. De hecho, la iniciación sexual de un niño a manos de un hombre
adulto era considerada la forma más elevada de amor y era una parte vital de la
educación de los menores. Platón escribió sobre esto en su obra Simposio
(178C):
"Yo, por mi parte, no puedo expresar la inmensa
bendición que es, a una temprana edad, tener un honorable amante [mayor]…"
En la mitología griega, incluso los dioses eran descritos en
términos humanos y, a menudo, eran vencidos por seres humanos. Con el tiempo,
denigrar a sus dioses y hablar de ellos con un ácido cinismo e
irrespetuosamente se convirtió en el estilo de los intelectuales del imperio.
Por otro lado, los griegos introdujeron en la conciencia
humana una idea que se convertiría en una de las fuerzas intelectuales más
poderosas de la historia moderna: el humanismo. El ser humano es el centro de
todo. La mente humana y su capacidad de entender, observar y comprender las
cosas es lo más importante que hay. Esa es una idea que viene de los griegos.
Y por sobre todo, los griegos enseñaron que esto era el iluminismo,
el nivel más elevado de civilización. Ellos tenían una fuerte creencia en el
destino y creían que su cultura estaba destinada a ser la cultura universal de
la humanidad.
Los judíos tenían una visión diferente: creían que la
creencia en un Dios único y que apegarse a un estándar absoluto de valores
morales —que incluían el respeto por la vida, la paz, la justicia y la
responsabilidad social con el débil y el pobre— era el futuro supremo de la
especie humana.
Esta ideología conllevaba una extremista e inflexible
adoración exclusiva (como requiere la creencia en un Dios) y una absoluta
intolerancia ante religiones, creencias o prácticas politeístas. Había sólo un
Dios, por lo que sólo un Dios podía ser adorado; punto.
Para los judíos, los seres humanos fueron creados a imagen
de Dios. Para los griegos, los dioses eran creados a imagen del hombre. Para
los judíos, el mundo material era algo que debía ser perfeccionado y elevado
espiritualmente. Para los griegos, el mundo material era perfecto. En resumen:
para los griegos, lo que era hermoso era sagrado; para los judíos, lo que era
sagrado era hermoso.
Estas perspectivas tan dispares estaban destinadas a
colisionar tarde o temprano.
Los griegos versus los judíos
Durante su campaña militar contra Persia, Alejandro Magno se
desvió hacia el sur y conquistó Tiro y luego Egipto vía lo que hoy en día es
Israel. Alejandro Magno planeaba destruir el Templo por causa de la presión de
los samaritanos, quienes odiaban a los judíos. Hay una fascinante historia
sobre el primer encuentro que tuvo Alejandro Magno con los judíos de Israel
(que hasta ese momento estaban subyugados al Imperio Persa).
La narrativa de la primera interacción entre Alejandro Magno
y los judíos está registrada tanto en el Talmud (Yomá 69a) como en el libro
Antigüedad (XI, 321-47) del historiador judío Flavio Josefo. En ambos relatos,
el Sumo Sacerdote del Templo en Jerusalem (en la narrativa talmúdica Shimón
HaTzadik, el último sobreviviente de los Hombres de la Gran Asamblea), temiendo
que Alejandro Magno destruyese la ciudad, salió a su encuentro antes de que
éste llegase a la ciudad. La narrativa luego describe cómo Alejandro Magno, al
ver al Sumo Sacerdote, bajó de su caballo y se postró ante él (Alejandro Magno
rara vez, si es que alguna, se postraba ante alguien). En el relato de Josefo,
cuando Parmerio —el general de Alejandro Magno— le pidió que le explicara su
actuar, éste respondió: "No me reverencié ante él, sino ante el Dios que
lo honró con el Sumo Sacerdocio, porque vi a esta misma persona en un sueño
vistiendo estas mismas ropas”.
Alejandro Magno interpretó la visión del Sumo Sacerdote como
un buen augurio y por eso perdonó a Jerusalem y absorbió pacíficamente la
Tierra de Israel en su creciente imperio. A modo de tributo por su pacífica
conquista, los rabinos decretaron que los primogénitos nacidos en esa época se
llamaran Alexander (que es un nombre judío hasta hoy en día) y la fecha del
encuentro (25 de tevet) fue declarada una festividad menor.
Así, Alejandro Magno no destruyó el Templo y prestó atención
cuando Shimón HaTzadik le dijo que los judíos no eran enemigos de los griegos,
pero que los samaritanos sí lo eran. El Talmud relata la interacción entre
Alejandro Magno y la delegación judía:
Ellos (los judíos liderados por Shimón HaTzadik)
respondieron: "¡¿Es posible que esos idólatras te engañen y te hagan
destruir la Casa en donde se ofrecen plegarias para que tú y tu ejército nunca
sean destruidos?!". Alejandro Magno les dijo: "¿A qué idólatras se
refieren?". Ellos contestaron: "Nos referimos a los samaritanos que
están frente a ti ahora". Alejandro Magno les respondió: "Los pondré
en sus manos para que hagan con ellos lo que quieran" (4).
Como resultado, los judíos recibieron permiso para eliminar
a los samaritanos, cosa que hicieron de inmediato. De esta forma, Israel y
Jerusalem fueron absorbidas pacíficamente por el Imperio Griego.
Al principio, las autoridades griegas conservaron los
derechos de la población judía local y no intentaron interferir con la práctica
religiosa judía. Los judíos continuaron floreciendo como una entidad distinta y
separada durante 165 años, lo cual era un fenómeno poco frecuente en el mundo
helenista.
La gran mayoría de los pueblos que eran conquistados por
Alejandro Magno aceptaron de buena gana que los helenizaran. El hecho de que
los judíos —con la excepción de una pequeña minoría— rechazaran el helenismo es
un fuerte testimonio de su constante motivación y claridad de misión.
El famoso historiador clásico Michael Grant explica en su
obra
“From Alexander to Cleopatra” (Desde Alejandro a Cleopatra)
(P. 75):
Los judíos no sólo no se asimilaron, sino que mostraron no
ser asimilables, y… el hecho de que esto fuera así resultó ser uno de los
puntos de inflexión más significativos de la historia griega, debido a la
inmensa influencia que ejerció su religión durante los años siguientes…
Pero con el tiempo, el judaísmo —con sus intratables
creencias y prácticas bizarras— comenzó a emerger como una clara provocación
ante el concepto de la supremacía mundial del helenismo.
Para los usualmente tolerantes griegos, esta provocación se
fue tornando cada vez más intolerable. Era sólo cuestión de tiempo hasta que
detonase un conflicto abierto.

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